Evocando recuerdos de mis
experiencias personales, logré seleccionar esta situación que viví en una de
mis prácticas. Esta historia pone en evidencia una problemática que
lamentablemente observé en muchas de mis experiencias como practicante.
Mientras realizaba mi práctica
tuve que planificar entre otras actividades, las actividades de crianza o
actividades cotidianas, como estudiante puedo decir que tenía los conceptos muy
claros en mi cabeza. Cuando me senté a planificar, no se me presentaron
dificultades con respecto a la parte teórica, contaba con mucha bibliografía y
a su vez recordaba mi cursada de didáctica en donde trabajamos este tema en
profundidad, sobre todo para maternal. Pensé muchas variantes para enriquecer
estos momentos, teniendo siempre en cuenta la edad de los pequeños y sus
necesidades. Los materiales que elegí ya
estaban listos, todo estaba preparado. Pero resultó que no fue nada fácil
lograr implementar estas actividades como las planifique. Había una variable
que no consideré, los tiempos de la docente de la sala.
Me encontré más de una vez en un
dilema. Por un lado, yo sabía que lo que estaba implementando, no solo era
teóricamente correcto, sino que además era algo que los niños necesitaban. Pero
al mismo tiempo la permanente sensación de que mi implementación resultaba un
estorbo. ¿Por qué? Mis sensaciones eran acordes al clima que se generaba en la
sala cuando yo implementaba actividades cotidianas, tales como cambiar los
pañales a algún niño o lavarles las manos, entre otras. Fue en una de estas
actividades, más precisamente durante el primer cambio de pañales que realicé,
cuando una de las docentes interrumpió mi implementación. Mientras yo recitaba mi poesía e intentaba
generar un clima con la niña que estaba en el cambiador, se acercó, miró mi
títere de dedo y me dijo “Así no vas a poder cambiar todas las veces”. Ocurrió
lo mismo en el lavado de manos, actividad durante la cual también recibí,
distintos comentarios, “La próxima no los traemos a la canilla”, “Mejor los
limpiamos nosotras una vez que estén sentados, si no se hace muy largo”.
Me surgieron entonces varios
cuestionamientos para los que quizás no haya una respuesta concreta, pero sobre
los cuales fue bueno reflexionar durante la evaluación de las actividades que
tuve que realizar en la cursada de taller. Por un lado el “por qué” de la
tendencia a restar importancia a las actividades de crianza, que se puede ver
que están desplazadas de alguna manera por la forma en que se organizan los
tiempos de la jornada brindando mayor cantidad de tiempo a las actividades con
contenidos de otras áreas. Incluso a veces se refleja en el hecho de que ni si
quiera se planifican. De hecho las docentes de esta historia no tenían
planificaciones de este tipo de actividades en su carpeta.
Por otro lado me sorprendió el
hecho de que les resultaba “sin sentido” lo que yo realizaba durante estas
actividades, pero al momento de leer mi planificación demostraban estar de
acuerdo con los lineamientos teóricos ahí planteados. Entonces me pregunté, si
todas estudiamos en su momento la teoría, ¿Por qué termina ocurriendo que no
llevamos a cabo estas actividades adecuadamente en la práctica?
Como practicante resulta difícil
a veces imponerse frente a lo que dice la maestra, explicando que uno planifica
en base a un lineamiento teórico y que todo tiene un propósito. Tuve que juntar
todo mi valor para lograr implementar lo planificado (que necesitaba
obligatoriamente para aprobar el taller) y evitar angustiarme frente a los
comentarios y situaciones incomodas que se generaban por el manifiesto
descontento de la docente porque “estábamos perdiendo el tiempo”, un tiempo
valioso que se podía utilizar en otras actividades “con sentido”.
Pero lo que más me preocupaba
eran los chicos, que resultaban ser los perjudicados directamente por esta
necesidad de acortar los tiempos de estas actividades de crianza. ¿Por qué esta
docente le restaba importancia a estas actividades? Entendí que representaba un
trabajo arduo trasladar a los doce niños de un año y medio, sentarlos y
lavarles uno por uno las manos, luego cuidar que no se ensucien nuevamente,
explicar por qué es importante lavarse las manos, verbalizar todas nuestras
acciones. ¿Pero no es justamente esto en lo que consiste nuestro trabajo como
profesionales? Enseñar a los niños y educarlos, sobretodo en jardín maternal,
donde cada interacción con el adulto “vale oro” y resulta una situación de
aprendizaje.
Ahí es donde entendí, que no se
estaba pensando a favor de los niños. La mirada no estaba puesta en la
necesidad de los niños. Estaba en la necesidad del adulto. Pudo haber sido
porque había horarios pautados por la institución o porque era más “fácil” para
la docente y le resultaba así menos
tediosa la actividad, pero se había perdido el eje central de nuestra
profesión. Atender a las necesidades de los niños y enseñar pautas de
convivencia, cuestiones culturales y de buena crianza tiene que ser la
prioridad. Con preocupación, cuando realizaba los registros y evaluaciones de
las actividades, me pregunte si algún día cuando tenga a cargo una sala de
maternal podría llegar a pasarme lo mismo. Fue en ese momento en el que me
propuse evitar a toda costa perder el eje.
Creo que, tal como explicaba mi
profesora, en las instancias de taller aprendemos de todo, tanto lo que hay que
hacer y lo que no se debe hacer en la sala. Yo terminé mi taller con una nueva
visión, me fui con una idea muy clara de lo que quiero ser como profesional y de
la responsabilidad que implica nuestro trabajo. Fue como ver todo con nuevos
ojos.
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